Nací en Chile y siempre me sentí profundamente conmovida por el potencial artístico cultural que genera la pertenencia al territorio.
Lo recibí desde la educación, estudiando en el colegio como manda la idiosincrasia de la población Chilena, al medrar en una larga faja de tierra de norte a sur, cambia su forma de relacionarse con la tierra y sus creencias, segun la geografía y la temperatura.
Se nos dió formación en folclore, vestimenta, comida y música típicas y aprendí a valorar las diferencias culturales y a ver como la cultura actual fomenta la homologación de la globalidad actúa en detrimento de esas diferencias.
Comencé mis estudios de Arte en la universidad de Chile y cursando el tercer año de carrera me surgió la posibilidad de viajar de forma permanente a Uruguay.
El retrato apareció en mi imaginario desde el principio: aparecieron en mi mente rostros que plasmaba en grafo… Y ahí surgió el autoanálisis plástico a partir de mi imagen para lograr expresiones.
De niña me gustaba mucho el disfraz: llegaba a casa del colegio y sacaba de mi baúl faldas largas, capas y accesorios con los que me transformaba, mi juego favorito incluía pelo y maquillaje: a veces salía a dar la vuelta a la manzana vestida..
En 2006 retomé mis estudios de Arte volviéndome a inscribir en la universidad esta vez en la de la República Uruguaya donde curse en talleres Anhelo, Bruzzone y Musso hasta 2014 y en 2015 tuve la oportunidad de participar desarrollando taller de Arte en una actividad de extensión de UDELAR trabajando el tema de la memoria indígena en escuelas rurales el Valle del Lunarejo, y Masoller, La Palma, Boquerón.
Por otro lado inicié mi formación en Arte contemporáneo con el artista uruguayo Gustavo Tabares y fue charlando con él que surgió el autorretrato como eje para desarrollar mi propuesta artística, ligando mi gusto por la moda, la cultura y el disfraz.
Así comencé esta serie, que desarrolla mi recorrido:
Desde Chile, por Uruguay, por mi historia.
Utilizando técnicas clásicas, mixtas y procedimientos antiguos como el fresco y el temple reformulo estereotipos e imágenes apropiadas.














Umbral
Hay encuentros que nos permiten comprender que la identidad no es un lugar fijo, sino una construcción permanente entre la memoria, el territorio y la experiencia vivida.
Al acercarme a la obra y al espacio de esta artista chilena radicada en Uruguay desde hace más de treinta años, surgió una pregunta que continúa acompañándome:
¿Qué sucede cuando una persona habita un territorio durante más de tres décadas y logra convertir ese tránsito en una forma de pertenencia?
Habitar Latinoamérica implica comprender las fronteras no como límites, sino como espacios de encuentro. Espacios donde las culturas dialogan, se transforman y construyen nuevas formas de arraigo sin perder la memoria de sus orígenes.
Nacida bajo el pulso de Chile y desarrollando gran parte de su vida en Uruguay, su recorrido artístico y humano parece situarse precisamente en ese umbral. Un lugar donde la memoria permanece viva mientras nuevas experiencias amplían y enriquecen la identidad.
Sus autorretratos, desarrollados a lo largo de los años, pueden leerse como registros sensibles de ese recorrido. Rostros que observan el paso del tiempo, las transformaciones personales y las múltiples formas que adopta la pertenencia cuando la vida transcurre entre distintos territorios.
Sin embargo, mi encuentro con su trabajo no se limita a la obra.
También encontré un espacio.
Un espacio donde la pintura convive con la conversación, donde la poesía y la música encuentran lugar junto a la escucha, donde un micrófono abierto permite que distintas voces compartan experiencias, relatos y preguntas.
Un lugar donde las personas encuentran un tiempo diferente al de la vida cotidiana.
En una época atravesada por la velocidad, la fragmentación y la uniformidad cultural, estos espacios adquieren un valor singular. No solo porque albergan manifestaciones artísticas, sino porque sostienen vínculos humanos.
Allí el arte deja de ser únicamente producción estética para convertirse en encuentro.
Quizás por eso su trayectoria me invita a reflexionar sobre una forma profundamente latinoamericana de habitar el mundo: una manera de construir pertenencia sin renunciar al movimiento, de conservar la memoria sin quedar detenidos en ella y de transformar la experiencia del tránsito en una oportunidad para crear comunidad.
Tal vez esa sea una de las enseñanzas más valiosas que encuentro en este recorrido.
Comprender que la identidad no es una frontera cerrada.
Es un puente.
Y que el arte, cuando nace de una experiencia auténtica y compartida, puede convertirse en un lugar donde distintas historias encuentran la posibilidad de dialogar.
Autora: Elisa Alvez